22 settembre 2014

17s todos los días - Una extranjera en la Revolución Ciudadana

Después de la clásica reunión del colectivo, fuimos a dar una vuelta y a comer algo con un Compañero que llegaba de otra provincia. La atmosfera era tranquila, no hacía frío pero amenazaba lluvia, o llovió, en realidad no me acuerdo bien. Fue justo mientras tomábamos nuestro “espresso corto” que empezaron a llegar las llamadas de parte de otros Compañer*os: “¡Chicos vengan, hay un llamado, nos vemos en la Universidad, vamos vamos, no nos dejen solos!”
La decisión fue tomada en menos de 10 minutos, los Compas llaman, hay que correr. Y fue así que junto a dos camaradas fuimos al lugar indicado; cuando llegamos no éramos todavía muchos, pero poco a poco, mientras caminábamos iban llegando caras conocidas, (aunque cubiertas por las bufandas y por las capuchas) pero siempre reconociéndonos entre “nosotros”. Desde la Universidad, decidimos ir caminando hasta la plaza del teatro, la hora X estaba llegando, había que apurarse y que el resto nos alcancen.
A tres cuadras de la plaza ya éramos casi cien entre jóvenes, no tan jóvenes y mayores. No hablábamos mucho, mejor tener cuidado, así que susurrábamos las pocas noticias que nos iban llegando desde la plaza del teatro: “Están ahí/están cantando/están comiendo/no hay nadie/hay mucha gente”.
Al fin llegamos, y el escenario que encontramos al salir de la Galería que da hacia la plaza del teatro fue: 200 policías en uniforme anti motines, con escudos, tolete y máscaras de gas…
Yo no me separaba de mis dos compañeros, así que tod*s junt*s, como si fuéramos una masa cancerígena, empezamos a caminar a paso firme hacia el cordón de los “ultrapolicia”.
Nuestra acción fue sencilla, caminar sin correr, empujar sin lanzar nada, levantando nuestra voz con cantos de rebeldía. Ninguna piedra fue lanzada, ni nos dimos cuenta y ya nuestros ojos estaban llenos de lágrimas, no podíamos respirar bien y el aire tenía olor extraño… pero no había humo. Alguien gritó que era pimienta, un señor con una cámara grande y muy costosa se unió a la voz de otros que nos incitaban a buscar resguardo. Otro señor, sin uniforme dio una orden que sonó a algo como: “rompan cabezas”, solo se escuchó el ruido de golpes y gritos e insultos. Ahí ya sí, ¿qué más había que hacer? ¿Sonreír y regalar flores? En un momento, un compañero cayó y un policía, que detrás de su escudo tenía una pegatina con la cara de Mussolini, empezó a golpear su cabeza como si fuera un bulto de papas. Otros compas lograron quitar el cuerpo desmayado del chico y  empezaron tod*s a escapar.
De repente a un “defensor de la Patria” se le cayó el garrote, me agaché e intenté robarlo, no pensé, no me di cuenta que encima mío ya estaban llegando otros cinco policías más para darme la bienvenida en el club de los golpeados; uno de los compas me agarró por la chompa y gritando mi nombre a todo pulmón me “despertó” y me hizo retroceder.
El tiempo necesario de averiguar que no le habían roto la cabeza a nadie y volvimos a organizarnos otra vez, esta vez un poco más lejos del cordón policial y sin caminar, esta vez fueron ellos a acercarnos; nos gritaban groserías, nos decían que éramos pedazos de mierda, que las mujeres eran todas putas y los hombres unos maricones, como si eso pudiera hacernos daño… Intentamos hablar con el jefe de la operación para explicar nuestras razones, nosotros solo queríamos que el Ministro y las autoridades nos recibieran, para que vean que nuestro país se está muriendo de hambre, que los jóvenes no tienen trabajo ni una perspectiva de futuro, que ya no hay clase media y la que queda muchas veces tiene que irse a comer en los comedores sociales para ahorrar la plata, que los sueldos de nuestros padres ya no llegan a la mitad del mes, que no tenemos la mínima idea de cómo poder salir de nuestros hogares porque no tenemos de cómo vivir…
Su respuesta fue volver a atacar, otra vez, con gases y luego golpeándonos, una y otra vez, hasta que como perritos tuvimos que abandonar la plaza y refugiarnos a un lado de la calle, contando las heridas pero continuando con nuestros gritos y nuestras voces.
El resultado fue que, de cien manifestantes, 30 regresaron a sus casas con heridas provocadas con golpes o intoxicación por haber respirado gas pimienta (lo que está prohibido por la Carta de Derechos Humanos).

Eso es lo que puede pasar en una manifestación pacífica en Italia.

Por favor, antes de quejarse y decir que en Ecuador estamos viviendo en una dictadura, llena de violencia y con un “Estado de Policía”, acuérdense de lo que pasaba antes. Pregunten a los dueños de las tiendas de las calles cerca de la Universidad Central, cuántas semanas de trabajo perdían por estar cerrados durante las manifestaciones. Pregunten a quien vivía en la calle Versalles cuántas veces tuvieron que cambiar los vidrios de su casa.

Es verdad, la marcha de FUT ha sido todo un éxito en cuanto a número de personas, en la Plaza Grande había la “Revolución del SP4”, no me identifiqué con ni una de las personas que llenaban las calles Venezuela o García Moreno.  
Mis colores y mis banderas estaban en la otra parte de la marcha, la de la “oposición”, pero me hizo falta el motivo para que yo me quedara en la 10 de Agosto y no me fuera a Carondelet.
Luchar, para mí no significa agarrarse a golpes. No significa provocar la policía al fin de crear supuesta violencia. Luchar con argumentos, desestabilizar sí, pero con discursos válidos y no con piedras. Piedras que tienen el costo de los impuestos que tod*s nosotr*s (porque yo también estoy en este sistema ahora) pagamos, piedras que al final del día sirven para que la opinión pública (que es la que manda) diga que “unos vagos han destruido el centro histórico”, que hay violencia, pero que no se sabe el porqué.
¿Queremos oponernos? ¡Organicémonos!

“Instruíos, necesitaremos toda vuestra inteligencia.
Agitaos, necesitaremos todo vuestro entusiasmo.
Organizaos, necesitaremos toda vuestra fuerza”
Antonio Gramsci.




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